Por: Hugo Ortiz Puebla

En los años 70s, el Filósofo francés, Michel Foucault, publicaba su obra “Vigilar y Castigar: el Nacimiento de la Prisión”, y con ella, todo un nuevo enfoque sobre el ejercicio de poder que, desde el primer instante, rompía con la dialéctica marxista que propendía a la lucha de clases. Para Foucault, el poder se trató más bien de una relación, y no solo entre los distintos estamentos de la sociedad, sino también entre los ciudadanos, entre el padre de familia y su hijo, entre el psicólogo y el paciente, entre el carcelero y el condenado, y entre todos y cada uno de los aspectos de la vida en el que fuera posible la existencia de un “yo” y un “otro”.

 Claro que para que este ejercicio de poder fuera posible, se necesitaba de una relación simbiótica entre saber y poder, esto porque para Foucault, el poder instituye sentido, crea verdades; pero no basta con crear, sino que hay que normalizar, es decir que la verdad como criatura del poder, necesitaba ser impuesta por medio de las instituciones características de la sociedad, es decir por medio de la iglesia, la familia, la escuela, las prisiones, tendiendo siempre a generar verdades absolutas, incapaces de ser cuestionadas, dando por hecho actitudes, comportamientos y acciones, resultantes de un proceso “natural o normal”.

Sin embargo, y a pesar de toda la teorización foucaultiana sobre el poder, hoy en día la existencia de la dominación requiere otro tipo de análisis, completamente aislado de la dialéctica marxista, y obviamente de la de Foucault. Esto, en primer lugar, porque el sujeto marxista murió a causa de la modernidad; aquel sujeto (obrero) alienado, sometido al capitalista burgués, ya no existe más. En segundo lugar, mantener la noción de las relaciones de poder del filósofo francés, presupone la existencia de un “otro”, es decir, de un agente externo que domina o es dominado. Pero este “otro” también está desapareciendo a causa de la vertiginosa aceleración de nuestros tiempos. Así, la dominación del siglo XXI, ese ejercicio del poder, cambió la explotación marxista por la auto-explotación, y a ese “otro”, presente en las relaciones de poder foucaultianas, por el “ego”.

Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano, advirtió hace casi una década el cambio en el paradigma del ejercicio del poder, el mismo que deviene con un protagonismo absoluto de la libertad como dispositivo de dominación. Para Han, la falsa idea de libertad impuesta por el mercado y por el aparataje neoliberal, presupone una saturación de la productividad y del rendimiento del individuo, que acaece en enfermedades de índole psicológico, como el agotamiento por estrés, los ataques de ansiedad y la depresión. Aquí, el sujeto marxista oprimido por el burgués, pasa a ser opresor y oprimido a la vez, ejerciendo la auto-violencia y la auto-explotación como atribuciones implícitas de un contexto de libertad, porque solo mediante la creencia absoluta de libertad, los sujetos tardo-modernos pueden explotarse a sí mismos, porque solo elevando como credo la creencia que mientras más activo el sujeto es, más libertad alcanza, es posible bajar la guardia y permitir la auto-enajenación.

Pero eso no es todo, la paulatina desaparición de ese “otro” presente en todos los aspectos de las sociedades normativas de la era foucaultiana, ha causado estragos aún peores en el individuo del siglo XXI, dotándolos de un narcisismo exponencial, en el que el reconocimiento representa capital para su ego, y en el que el “sí se puede”, es la oración diaria que acompaña al individuo que se convence de poder más allá de lo humanamente posible, hasta que sobreviene el cansancio, hasta que el agotamiento lo alcanza, pero, a pesar de todo, este sujeto programado para rendir, piensa que el sacrificio valdrá la pena, cuando en realidad vale la vida.

En estos días, en donde la acumulación del capital y la suntuosidad conlleva al individuo a una carrera histérica por la supervivencia, nos encontramos expuestos a los estímulos exteriores, a ese mundo de propaganda neoliberal que emplea la psicopolítica para crear necesidades, para crear deseos pasajeros, para convertirnos en engranajes de un sistema que necesita que sigamos produciendo para asegurar su mantenimiento. De ahí, que los cuidados por la salud emerjan como parte de esta mecánica, pues es necesario encontrarse saludable para seguir rindiendo. Finalmente, este hiper-rendimiento, conlleva al estrés laboral crónico, y a esa auto-agresión que termina en fracaso, y en auto-reproche, hasta convertirse en hiper-neurosis o en depresión.

Este individuo agotado del siglo XXI, ha perdido todo vínculo real con lo humano, y se ha transfigurado en ese ser expuesto en el infierno de las redes sociales, vomitado hacia afuera, como mercancía que se exhibe en un mundo irreal, en donde el ego toma el protagonismo. En un mundo como este, la introspección, la individualidad, la espiritualidad, y toda posibilidad de lo contemplativo, son imposibles. En esta pelea intestina, la única posibilidad es el agotamiento extremo.

Para concluir, esta auto-explotación es por demás conveniente para las relaciones capitalistas de producción, el “sujeto sujetado”, teorizado por Foucault, pasa a transfigurar la idea de un “humano-proyectado”, que se auto-define a diario como una mejor versión de sí mismo, convirtiéndose, en la mayoría de los casos, en un proyecto inalcanzable e irrealizable. En esa marcha por seguir sin detenerse, por correr sin parar, por producir hasta que el sistema nos escupa en un asilo de ancianos, vamos creando una sociedad del cansancio, una sociedad en donde el explotado y el explotador perviven dentro de un solo individuo.

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